A la brisa, a la abeja, a la hermosa el rosal puede dedicar la rosa.
Esquivando una abeja de la flor, incliné mi cabeza y, cogiéndola luego por el tallo, escuché y oí, clara, la palabra... ¿Pronunciaste mi nombre? ¿O bien dijiste...? Sí, alguien dijo: ¡Ven!, mientras yo me inclinaba. Si acaso lo pensaba, no lo dije en voz alta... por eso regresé.
La abeja de todas las flores se aprovecha.
Lo que no es útil para la colmena, no es útil para la abeja.
No es digno de saborear la miel el que se aleja de la colmena por miedo a las picaduras de las abejas.
Óyeme ahora: mira en tu soledad una abeja dormida, que elabora en el sueño su miel sin alegría.
Una abeja no hace colmena.