Se deja de querer, y es como el ciego que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren
Se deja de querer, y es como el ciego que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren.
Se tarda menos en hacer una cosa bien que en explicar por qué se hizo mal.
Sed como la fuente que se derrama y no como el tanque que siempre contiene la misma agua.