Frases de Gioconda Belli
Gioconda Belli nació en Managua en 1948. Es una de las voces más importantes de la poesía y la narrativa nicaragüenses. Participó en la revolución sandinista y vivió el exilio, experiencias que marcaron su escritura. Su obra combina compromiso político, erotismo y reflexión sobre el cuerpo y la libertad de las mujeres.
Entre sus libros destacan "La mujer habitada", "Sofía de los presagios", "El país bajo mi piel" y poemarios como "Línea de fuego" y "El ojo de la mujer". Se le cita por su lenguaje sensual y directo, y por dar voz a la experiencia femenina y latinoamericana. Su defensa de la igualdad y la memoria la mantiene como referente contemporáneo.
Toda mi casa esta regada por mis poemas. Me aparecen en la cocina, en el estudio, en el dormitorio. Están extendidos a lo largo de mi desorden, esparciendo su dulzura por las horas tequiosas de la barrida y de la arreglada de los cuartos, dándome ese mensaje de que si hay algo vivo en mi, de que mi vitalidad esta impregnada en esos papeles donde he dejado el recuerdo de estos momentos intensos en que yo dejo de ser yo y me convierto en un poema.
El amor de mi hombre no conocerá el miedo a la entrega, ni temerá descubrirse ante la magia del enamoramiento en una plaza llena de multitudes. Podrá gritar -te quiero- o hacer rótulos en lo alto de los edificios proclamando su derecho a sentir el más hermoso y humano de los sentimientos.
Te quiero como gata boca arriba, panza arriba te quiero, maullando a través de tu mirada, de este amor jaula violento, lleno de zarpazos como una noche de luna y dos gatos enamorados discutiendo su amor en los tejados, amándose a gritos y llantos, a maldiciones, lagrimas y sonrisas (de esas que hacen temblar el cuerpo de alegría).
Quiero tener ese hijo tuyo, amor. Dárteme desde dentro de mi vientre en una nueva prolongación de tu inmortalidad. Mostrarte hasta dónde puede crecer mi vida, como un árbol, si tú la riegas; hasta dónde puedo llegar a dárteme en todas las formas, en todos los momentos conscientes e inconscientes, llegar a ser tu río, tu sombra, la almohada suave donde apoyar tu cabeza, el viento, el mar, la risa, la mañana, tu cama, tu suelo, tu mujer.
Anda, mi amor, yo voy también aunque me quede lejos y estaré allí con vos en el viento y la lluvia, en el calor del medio día, en las tapitas de dulce, en las chicharras y en los grillos, en el peligro, allí por donde andes, andaré yo, entre la tierra y tu sombra habrá una mujer acariciándote.
Todas las profecías cuentan que el hombre creará su propia destrucción. Pero los siglos y la vida que siempre se renueva engendraron también una generación de amadores y soñadores; hombres y mujeres que no soñaron con la destrucción del mundo, sino con la construcción del mundo de las mariposas y los ruiseñores.