Francois rochefoucauld
En general,el cristianismo es sobre todo admirable por haber convertido al hombre fIsico en hombre moral. Todos los grandes principios de Roma y de Grecia,la igualdad, la libertad, se encuentran en nuestra religión, pero aplicados al alma y al genio y considerados bajo sublimes relaciones.
Se puede atacar la religión en su culto, en sus bienes, en sus ministros; pero no se puede conseguir que una sociedad subsista sin religión. Un monje ignorante pero henchido de fe puede fundar un imperio; Newton, el incrédulo, pesará los mundos, pero no podrá crear un pueblo.
Acaso no haya nada tan considerable en la historia de los cristianos como Rancé rezando a la luz de las estrellas, apoyado en los acueductos de los césares, a la puerta de las catacumbas: el agua se lanzaba con fragor por encima de las murallas de la Ciudad Eterna, mientras la muerte, abajo, entraba silenciosamente en la tumba.
En el valle del Ródano me encontré a una muchachita casi desnuda que bailaba con su cabra; pedía caridad a un joven rico y bien vestido que pasaba por la posta, con un correo con galones delante y dos lacayos detrás de la brillante carroza. ¿Os imagináis que pueda existir la distribución de la propiedad?¿Pensáis que no justifica los levantamientos populares?.
Los demás siempre nos parecen más felices que nosotros, y sin embargo lo extraño es que el hombre que cambiaría con gusto su posición no consentiría casi nunca en cambiar su persona. Acaso quisiera rejuvenecer un poco, pero no demasiado todavía, y andar bien si es cojo; pero se conservaría el conjunto de su persona, en la que encuentra mil atractivos y no sé qué encanto.
Tomado colectivamente, el pueblo es un poeta: autor y actor se inflaman con la obra que se representa o que le hacen representar, sus mismos excesos no son tanto instinto de una crueldad nativa cuanto delirio de una multitud embriagada de espectáculos, sobre todo cuando son trágicos: cosa tan cierta que, en los horrores populares, siempre hay algo superfluo añadido al cuadro y a la emoción.
Los ancianos de antes eran menos desdichados y estaban menos aislados que los de hoy: aunque, al permanecer en la tierra, hubieran perdido a sus amigos, poca cosa más había cambiado a su alrededor; eran ajenos a la juventud, pero no a la sociedad. Ahora, un rezagado en este mundo no sólo ha visto morir a los hombres, sino que ha visto morir las ideas: principios, costumbres, gustos, placeres, penas, sentimientos, nada se parece ya a lo que él conoció. Es de una raza diferente de la especie humana en medio de la cual acaba sus días.