Ni siquiera la gente que quiere ir al cielo quiere morir para llegar ahí.
Ningún pueblo cree en su gobierno. A lo sumo, los pueblos están resignados.
Ningún pueblo ha tenido tantos reyes asesinados como Francia; ciertamente, no es un país fácil de gobernar.
No busques fuera de ti, el cielo está adentro.
No es blando el camino del cielo.
No existen paises pequeños. La grandeza de un pueblo no se mide por el número de sus habitantes, como no se mide por la estatura la grandeza de un hombre.
No hay cielo sin nubes, ni paraíso sin serpiente.
No hay pueblo español, chico o grande, que no encierre una enseñanza.
No nos preguntamos qué derecho a gobernar tenemos: gobernamos. No nos preocupa saber si el pueblo tiene algún derecho al derrocarnos: procuramos tan sólo que no se sienta tentado a hacerlo.
No puede ser calificado de noble quien desconoce la voluntad del cielo, no puede estar asentado sobre una base firme quien ignora las leyes de las conveniencias («li»); no puede conocer a los hombres quien no entiende de las palabras de ellos.
No se debe ser demasiado severos con los errores del pueblo, sino tratar de eliminarlos por la educación.
No tengo más que al pueblo y a los militares hasta el grado de capitán; el resto me temen, pero no puedo contar con ellos.
Nunca, como al morir un ser querido, necesitamos creer que hay un cielo.
Para encadenarlo (al pueblo) es preciso aparentar que se llevan las mismas cadenas que él.
Para mí, Cristo es el pueblo.
Para un pueblo hambriento e inactivo, la sola forma en que Dios puede aparecer es en la de trabajo y comida.
Persiguiendo los restos de un sueño, el cielo clarea hace fresco.
Poetas, nunca cantemos / la vida de un mismo pueblo, / ni la flor de un solo huerto. /Que sean todos los pueblos / y todos los huertos nuestros.
Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo; por un beso. . . ¡yo no sé que te diera por un beso!.
Privar a un niño de su derecho a la educación es amputarlo de esa primera comunidad donde los pueblos van madurando sus utopías.
Puede juzgarse el grado de civilización de un pueblo por la posición social de la mujer.
Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.
Quien al cielo escupe, en su cara repercute.
Quizás el arte de gobernar sea precisamente eso: el arte de saber valorar al pueblo y esforzarse por alentar y cumplir sus sueños.
Resulta totalmente imposible gobernar un pueblo si éste ha perdido la confianza en sus gobernantes.