Noche tras noche mi sopa de legumbres acompaña la nieve.
Para surcar mejores aguas despliega ahora las velas la navecilla de mi ingenio, que deja tras de sí un mar tan cruel.
Pequeña patria mía, dulce tormenta, un litoral de amor elevan mis pupilas y la garganta se me llena de silvestre alegría cuando digo patria, obrero, golondrina.
Pequeña patria, dulce tormenta mía, canto ubicado en mi garganta desde los siglos del maíz rebelde: tengo mil años de llevar tu nombre como un pequeño corazón futuro cuyas alas comienzan a abrirse a la mañana.
Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes.
Qué hermoso después de la tormenta otoñal el pimiento rojo.
Recuerda, si hay tormenta habrá arco iris.
Tras cualquier acción de un político se puede encontrar algo dicho por un intelectual quince años atrás.
Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: el despertar
Tras la lucha que rinde y la incertidumbre amarga del viajero que errante no sabe dónde dormirá mañana, en sus lares primitivos halla un breve descanso mi alma.
Tras la tempestad viene la calma.
Tras un recuento electoral, sólo importa quién es el ganador. Todos los demás son perdedores.
Un sólo deseo me embarga: el de descubrir lo que se oculta tras lo visible, de horadar el misterio que me da la vida y me la quita, y de saber si una presencia invisible e inmutable se oculta más allá del flujo incesante del mundo.
Una tormenta de arena pasa; las estrellas permanecen.
Una tormenta que dura toda una semana. Una oscuridad constante: sólo podemos leer entre relámpagos. Hemos de recordar e ir uniendo lo que leímos a relámpagos.
Yo pongo estrellas entre tu piel y la mía y te recorro entero, sendero tras sendero, descalzando mi amor, desnudando mi miedo.