Soy un hombre apasionado del viento, por él hubiera dado toda mi vida.
Tengamos fe en la religión y en la libertad, las dos únicas cosas grandes del hombre: la gloria y el poder son deslumbrantes, no grandes.
Todos somos culpables, pero si hubiera que repartir responsabilidades las mayores caerían sobre las clases dirigentes.
Tomado colectivamente, el pueblo es un poeta: autor y actor se inflaman con la obra que se representa o que le hacen representar, sus mismos excesos no son tanto instinto de una crueldad nativa cuanto delirio de una multitud embriagada de espectáculos, sobre todo cuando son trágicos: cosa tan cierta que, en los horrores populares, siempre hay algo superfluo añadido al cuadro y a la emoción.
Un poema oscuro dice más que un discurso claro.
Una multitud es como un vasto desierto de hombres.
Vámonos patria a caminar, yo te acompaño. Yo bajaré los abismos que me digas. Yo beberé tus cálices amargos. Yo me quedaré ciego para que tengas ojos. Yo me quedaré sin voz para que tú cantes. Yo he de morir para que tú no mueras, para que emerja tu rostro flameando al horizonte de cada flor que nazca de mis huesos.
Vivo enraizado con mi país. Pero quizás por mi devoción a san martín, bolívar, sucre y artigas a veces sufro más como latinoamericano que como argentino, a pesar de estar machimbrado con mi tierra.
Y entender a todos y a todos decirle: vive, porque la vida es la poesía más alta.
Y nada podrá contra la vida porque nada pudo jamás contra la vida.
Y no hubo una sola mañana, que se fuera sin algo de lo tuyo.
¡Desgraciados los traidores, madre patria, desgraciados. Ellos conocerán la muerte de la muerte hasta la muerte!.
El mundo nace en nosotros, como Descartes hizo reconocer, y dentro de nosotros adquiere su influencia habitual.