Bien ama quien nunca olvida.
Bien haya quien a los suyos se parece.
Bien poco enseñó la vida a quien no le enseñó a soportar el dolor.
Bien predica quien bien vive.
Bienaventurado el que tiene talento y dinero, porque empleará bien este último.
Bueno es que haya ratones, para que no se sepa quien se come el queso.
Busca la libertad, don tan preciado como sabe quien por ella dé la vida.
Cada altar tiene su cruz.
Cada arroyo tiene su fuente.
Cada ceremonia o rito tiene valor si se realiza sin alteración. Una ceremonia es un libro en el que una gran parte está escrito. Cualquiera entiende que puede leerlo. Un rito a menudo contiene más de un centenar de libros.
Cada clase social tiene su patología.
Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla.
Cada cual tiene la edad de sus emociones.
Cada dogma tiene su día, pero los ideales son eternos.
Cada hombre tiene que inventar su camino.
Cada hombre tiene su precio.
Cada hombre, en el fondo de su corazón, tiene derecho a creerse enteramente igual a los demás hombres; de ello no se desprende que el cocinero de un cardenal deba ordenar a su amo que le haga la cena; pero el cocinero puede decir: "Soy hombre como mi amo; he nacido llorando como él; él morirá como yo entre las mismas angustias y las mismas ceremonias. Los dos tenemos las mismas funciones animales. Si los turcos se apoderan de Roma, y entonces yo me convierto en cardenal y mi amo en cocinero, lo tomaré a mi servicio".
Cada medalla tiene dos caras.
Cada pueblo tiene el gobierno que se merece.
Cada pueblo tiene la ingenua convicción de ser la mejor ocurrencia de dios.
Cada quien sabe lo que trae en su morral.
Cada ser humano tiene, dentro de sí, algo mucho más importante que él mísmo: su don.
Cada uno de nosotros tiene a todos como mortales menos a sí mismo.
Cada uno de nosotros tiene un día, más o menos triste, más o menos lejano, en que, por fin, debe aceptar que es un hombre.
Cada uno en este mundo tiene su ventanita, los unos grandes, los otros chica.