Quien contempla a un verdadero amigo, es como si contemplara a otro ejemplar de sí mismo.
Quien conversa con un rostro amable, llena de alegrías los corazones de los demás.
Quien discute sobre si se puede matar a la propia madre no merece argumentos sino azotes.
Quien es capaz de hospedar bien a la desgracia, puede hospedar serenamente a la felicidad.
Quien escribe con sangre, y escribe sentencias, ha de ser no leído, sino aprendido de memoria.