No permitas que una golondrina haga su nido bajo tu tejado.
No puede existir bondad alguna donde no haya conocimiento de ella.
No puede haber gracia donde no hay discreción.
No puede un viejo solo llenar toda una casa, un rincón de los campos, una granja. No puede. Así un anciano guarda la casa solitaria, en la noche de invierno. Y está solo. Está solo.
No puedo cerrar mis puertas ni clausurar mis ventanas: he de salir al camino donde el mundo gira y clama, he de salir al camino a ver la muerte que pasa.
No sabe hablar quien no sabe callar.
No sabe lo que es descanso quien no sabe lo que es trabajo.
No sabe más el que más cosas sabe, sino el que sabe las que más importan.
No sabe qué es amor quien no te ama, no sabe qué es amor quien no te mira...
No sabe ser rey el que teme mucho el odio ajeno.
No se comprende como las mujeres no triunfan todas, no teniendo en casa, como no tienen, a ninguna mujer que se lo impida.
No se debe ir por carne a casa del lobo.
No sé qué hacer, dónde buscar mis palabras más verdaderas, cómo decirte que llevo en la mirada reflejado tu pecho, y los brazos me caen, como en derribo, al verte aquí, a mi lado, morena, lejos siempre.
No sigas el camino; ve por donde no halla vereda y deja una huella.
No te avergüences de someterte a las leyes y al que sabe más que tú.
No te metas donde salir no puedas.
Nosotros, perros de casa, hemos matado a la liebre, dice el perro faldero.
Nunca andes por el camino trazado, pues te conducirá únicamente hacia donde los otros fueron.
Nunca es largo el camino que conduce a la casa de un amigo.
Nunca mejor está el árbol que en la tierra donde se cría.
Nunca olvides tu casa.
Nunca salgas de tu casa durante una discusión con tu esposa.
Nunca se va tan lejos como cuando no se sabe adónde se va.
Nunca sopla viento favorable para el marino que no sabe en qué puerto fondear.
Nunca vayas por el camino trazado, porque conduce hacia donde otros han ido ya.