El amor es pérfido.
El cuerpo humano es el carruaje; el yo, el hombre que lo conduce; el pensamiento son las riendas, y los sentimientos, los caballos.
El hombre embrutecido por la superstición es el más vil de los hombres.
El hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro (placer) y acompasarlo con el blanco (deber) para correr sin perder el equilibrio.
El hombre inteligente habla con autoridad cuando dirige su propia vida.
El legislador no debe proponerse la felicidad de cierto orden de cuidadanos con exclusión de los demás, sino la felicidad de todos.
El mundo de las ideas incide el mundo físico; piensa bien y harás lo correcto.
El objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano.
El tiempo es la imagen de la eternidad en movimiento.
El virtuoso se conforma con soñar lo que el pecador realiza en la vida.
En el vino (está) la verdad.
En todas las cosas, naturales y humanas, el origen es lo más excelso.
En torno de la esencia está la morada de la ciencia.
Es necesario diferenciar las cosas: lo que siempre existe sin haber nacido, y lo que siempre está comenzando sin jamás llegar a ser.
Frío e insípido es el consuelo cuando no va envuelto en algún remedio.
Hay que tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad.
La burla y el ridículo son, entre todas las injurias, las que menos se perdonan
La civilización es la victoria de la persuasión sobre la fuerza.
La justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte.
La libertad está en ser dueños de la propia vida.
La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco.
La mejor tumba es la más sencilla.
La menor parte de lo que ignoramos, es mayor de todo cuanto sabemos.
La obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo.
La pobreza no viene por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos.