Nos damos bien a la pena y nos imponemos privaciones para curar el cuerpo; se puede, pienso, hacer lo mismo para curar el alma.
Nos escondemos en la fría indiferencia al sufrimiento innecesario de otros, incluso cuando lo causamos.
Nos interesan los demás cuando se interesan por nosotros.
Nuestra cabeza es redonda para permitir al pensamiento cambiar de dirección.
Nuestra lealtad es para las especies y el planeta. Nuestra obligación de sobrevivir no es sólo para nosotros mismos sino también para ese cosmos, antiguo y vasto, del cual derivamos.
Nuestra vida es como un sueño. Pero en las mejores horas nos despertamos lo suficiente como para darnos cuenta de que estamos soñando. La mayor parte del tiempo, sin embargo, estamos profundamente dormidos.
Nuestra vida es nuestro pensamiento. Cuando Un hombre cambia sus pensamientos hacia las cosas y las personas, las personas y las cosas cambian.
Nuestra vida está tan llena que actúa cuando no hacemos nada.
Nuestras horas son minutos cuando esperamos saber, y siglos cuando sabemos lo que se puede aprender.
Nuestro sueño, cuando lo seguimos, es el mejor pronosticador de nuestro futuro.
Nuestros defectos nos imitan más cuando los observamos en otros.
Nuestros sentidos nos engañan o son insuficientes, cuando se trata de análisis, observación y apreciación.
Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él.
Nunca comprenderá usted lo que sentimos los músicos cuando oímos detrás de nosotros el paso de un gigante como beethoven.
Nunca consideres el estudio como un deber, sino como una oportunidad para penetrar en el maravilloso mundo del saber.
Nunca eres demasiado viejo para tener otra meta u otro sueño.
Nunca es tarde para bien hacer; haz hoy lo que no hiciste ayer.
Nunca es tarde para el arrepentimiento y la reparación.
Nunca es tarde para no hacer nada.
Nunca falta al avariento razón para negar.
Nunca hay que pactar con el error, aun cuando aparezca sostenido por textos sagrados.
Nunca he odiado a un hombre tanto como para devolverle sus diamantes.
Nunca he podido entender porque una persona se pasa dos años escribiendo una novela, cuando puede comprar una por $10.
Nunca la persona llega a tal grado de perfección como cuando rellena un impreso de solicitud de trabajo.
Nunca las noticias son malas para los elegidos de Dios.