Los demás siempre nos parecen más felices que nosotros, y sin embargo lo extraño es que el hombre que cambiaría con gusto su posición no consentiría casi nunca en cambiar su persona. Acaso quisiera rejuvenecer un poco, pero no demasiado todavía, y andar bien si es cojo; pero se conservaría el conjunto de su persona, en la que encuentra mil atractivos y no sé qué encanto.
Los deseos del hombre aumentan con sus adquisiciones.
Los deseos del joven muestran las futuras virtudes del hombre.
Los discursos inspiran menos confianza que las acciones.
Los duelos con pan son menos.
Los hombre generalmente no pasan de criaturas adolescentes.
Los hombre inteligentes quieren aprender. Los demás, enseñar.
Los hombre jóvenes quieren ser fieles y no lo consiguen; los hombres viejos quieren ser infieles y no lo logran.
Los hombre vulgares han inventado la vida de sociedad porque les es más fácil soportar a los demás que soportarse a sí mismos.
Los hombres creen que todos los hombres son mortales, menos ellos.
Los hombres más capaces de pensar sobre el amor son los que menos lo han vivido; y los que lo han vivido suelen ser incapaces de meditar sobre él.
Los hombres se distinguen menos por sus cualidades naturales que por la cultura que ellos mismos se proporcionan. Los únicos que no cambian son los sabios de primer orden y los completamente idiotas.
Los hombres son crueles, pero el hombre es bueno.
Los libros son, en efecto, menos finitos que nosotros mismos. Incluso los peores sobreviven a quienes los escribieron.
Los libros tienen los mismos enemigos que el hombre. El fuego, la humedad, los animales, el tiempo y su propio contenido.
Los lugares más soeces y menos bellos de nuestro cuerpo son los que dan placer.
Los más desgraciados son los que lloran menos.
Los modales corteses hacen que el hombre aparezca exteriormente tal como debería ser en su interior.
Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos.
Los países libres son aquellos en los que son respetados los derechos del hombre y donde las leyes, por consiguiente, son justas.
Los placeres son como los alimentos: los más simples son aquellos que menos cansan.
Los primeros días del hombre son provisión para los últimos.
Los remordimientos llevan al hombre a morder.
Los senos de la mujer son la única persistencia del hombre; los coge al nacer y ya no los suelta hasta morir de viejo.
Los sueños de un hombre son índice de su grandeza.