El sufrir merece respeto, el someterse es despreciable.
El trabajo endulza siempre la vida, pero los dulces no le gustan a todo el mundo.
En los ojos del joven arde la llama. En los del viejo, brilla la luz.
Es extraña la ligereza con que los malvados creen que todo les saldrá bien.
Es una cosa bastante repugnante el éxito. Su falsa semejanza con el mérito engaña a los hombres.
Hay tantas mujeres bellas, pero no hay perfectas.
Imputar la revolución a los hombres es imputar la marea a las olas.
Incluso la noche más oscura terminará y el sol saldrá.
Inspiración y genio son casi la misma cosa.
Juzgaríamos con mucha más certeza a un hombre por lo que sueña que por lo que piensa.
La arquitectura es el gran libro de la humanidad.
La belleza es tan útil como lo útil. Tal vez más.
La conciencia es la presencia de Dios en el hombre.
La distancia más corta entre dos personas es una sonrisa.
La fidelidad de muchos hombres se basa en la pereza, la fidelidad de muchas mujeres en la costumbre.
La fuerza más fuerte de todas es un corazón inocente.
La humildad tiene dos polos: lo verdadero y lo bello.
La indigestión es la encargada de predicar la moral al estómago.
La libertad de amar no es menos sagrada que la libertad de pensar. Lo que hoy se llama adulterio, antaño se llamó herejía.
La melancolía es la felicidad de estar triste.
La pena de muerte es signo peculiar de la barbarie.
La popularidad es la gloria en calderilla.
La primera igualdad es la equidad.
La risa es el sol que ahuyenta el invierno del rostro humano.
La suprema felicidad de la vida es saber que eres amado por ti mismo o, más exactamente, a pesar de ti mismo.