Los libros son, en efecto, menos finitos que nosotros mismos. Incluso los peores sobreviven a quienes los escribieron.
Los lugares más soeces y menos bellos de nuestro cuerpo son los que dan placer.
Los más desgraciados son los que lloran menos.
Los matemáticos son un poco como los franceses: cuando se les dice algo, lo traducen a su lengua y al punto pasa a ser otra cosa.
Los placeres son como los alimentos: los más simples son aquellos que menos cansan.
Los que llevan condecoraciones son como las tiendas de poco género que todo lo exhiben en el escaparate.
Los que son sabios, poco hablan; y los que hablan mucho, son poco sabios.
Los tontos, si callan, lo parecen menos.
Maldita ciudad, no es tu mejor momento y aún estás hermosa. He de confesarte que te eché de menos. Agarro la guitarra y canto para ti. Qué bueno estar en casa. Vuelvo a Madrid.
Más ama el que con mayor peligro se pone a menos provecho.
Más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía.
Más risas, menos preocupación. Más compasión, menor juzgar. Más bediciones, menos estrés. Más amor, menos odio.
Más se estima el beneficio que dio principio a la amistad.
Más se estima lo que con más trabajo se gana.
Mas todos los poetas creen que quién tendido en el pasto aguza el oído se entera un poco de las cosas que existen entre el cielo y la tierra.
Más vale poco con justicia, que mucho con derecho.
Más vale poco que nada.
Me cuesta bajar el poema del aire, allí donde me hundo con el plumaje vertical de las palabras. Rozando el infierno y el invierno el poema es un dios de pies ligeros apaleado por las estrellas.
Me gustaría vivir eternamente, por lo menos para ver cómo en cien años las personas cometen los mismos errores que yo.
Menos agravio se hace al que presto se niega lo que pide.
Menos camino hay de la virtud al vicio, que de los vicios a la virtud.
Menos es más.
Menos mal hacen los delincuentes que un mal juez.
Menos se debe al que menos se conoce.
Menos se siente perder lo que nunca pudo alegrar.