La única diferencia entre un santo y un pecador es que el santo tiene pasado y el pecador, futuro.
No pocas veces ya he dicho adiós; conozco las horas desgarradoras de la despedida.
Se deja de querer, y es como el ciego que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren
Se deja de querer, y es como el ciego que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren.