La envidia es una declaración de inferioridad.
La envidia hace muecas, no se ríe.
La envidia silenciosa crece en el silencio.
La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come.
La envidia y el odio van siempre unidos, se fortalecen recíprocamente por el hecho de perseguir el mismo objeto.
La envidia y los celos no son vicios ni virtudes, sino penas.
La envidia, el más mezquino de los vicios, se arrastra por el suelo como una serpiente.
La envidia, los celos, la ambición, todo tipo de avidez, son pasiones: el amor es una acción, la práctica de un poder humano, que sólo puede realizarse en la libertad y jamás como resultado de una compulsión.
La falta de progreso significa retroceso.
La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive, es porque cree en alguna cosa.
La fuerza de la necesidad es irresistible.
La fuerza de las mujeres depende de que la psicología no puede explicarla. Los hombres pueden ser analizados; las mujeres sólo pueden ser amadas.
La fuerza del carácter con frecuencia no es más que debilidad de sentimientos.
La fuerza es confianza por naturaleza. No existe un signo más patente de debilidad que desconfiar instintivamente de todo y de todos.
La fuerza es el derecho de las bestias.
La fuerza hidráulica más poderosa del universo, es la lágrima de una mujer.
La fuerza más fuerte de todas es un corazón inocente.
La fuerza no puede jamás persuadir a los hombres; sólo logra hacerlos hipócritas.
La fuerza no viene de la capacidad corporal, sino de una voluntad férrea.
La fuerza y la flaqueza del ánimo tienen nombres engañosos; en realidad no son más que la buena o mala disposición de los órganos del cuerpo.
La fuerza y la mente son opuestas. La moralidad termina donde empieza la pistola.
La gota abre la piedra, no por su fuerza sino por su constancia.
La grandeza de un hombre está en relación directa a la evidencia de su fuerza moral.
La grandeza inspira envidia. La envidia engendra rencor. Y el rencor genera mentiras.
La guerra no es más que un asesinato en masa, y el asesinato no es progreso.