La vida será tuya si sabes que es ajena, que es igual ser montaña que ser grano de arena, pues la calma del justo vence el furor del bravo.
La voz de la sangre se puede oír en el silencio.
Las grandes verdades nacieron brisas. Y fueron ciclones.
Las ilusiones perdidas son hojas, desprendidas del árbol del corazón.
Las leyes condenan al que roba un pan y absuelven a quién roba una ilusión.
Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunicación, la revolución tecnológica y su vida centrada en su triunfo personal.
Lástima que la prisa nunca sea elegante
Leyendo un libro, un día, de repente, hallé un ejemplo de melancolía: Un hombre que callaba y sonreía, muriéndose de sed junto a una fuente.
Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone donde quiera. . . Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado.
Lo malo de los que se creen en posesión de la verdad es que cuando tienen que demostrarlo no aciertan ni una.
Lo menos que podemos hacer, en servicio de algo, es comprenderlo.
Lo que hoy es una herejía se suele convertir en la ortodoxia de mañana.
Los dueños de la verdad la siguen buscando.
Los hombres más capaces de pensar sobre el amor son los que menos lo han vivido; y los que lo han vivido suelen ser incapaces de meditar sobre él.
Los hombres no viven juntos porque sí, sino para acometer juntos grandes empresas.
Los hombres pueden dividirse en tres clases: los que creen ser donjuanes, los que creen haberlo sido y los que creen haberlo podido ser, pero no quisieron.
Los hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y pueblos fuertes sólo necesitan saber a dónde van.
Los investigadores alimentamos el instinto de saber; somos operarios del patrimonio intelectual de la humanidad.
Los madrileños se acercan al circo a ver un animal tan bueno como hostigado, que lidia con dos docenas de fieras disfrazadas de hombres.
Los más rezan con los mismos labios que usan para mentir.
Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera.
Los que luchan buscando el bien ya lo han encontrado.
Los que se quejan de la forma como rebota la pelota, son aquellos que no la saben golpear.
Los soldados de la patria no conocen el lujo, sino la gloria.
Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay.