Barco con tormenta, en cualquier puerto entra.
Denme la tormenta y la tempestad del pensamiento y la acción, más que la calma chicha de la ignorancia y la fe.
Después de la tormenta viene la calma.
El clima es mío, somos uno, las noches de tormenta... nuestro amor es grande...
Encontramos la felicidad luchando en el medio de una rabiosa tormenta, no tocando el laúd a la luz de la luna, o recitando poesías en medio de la flores.
Gran tormenta mucho espanta, pero pronto pasa.
Lo que se promete en la tormenta, se olvida en la calma.
Los pájaros saben que no hay invierno que dure cien años y que, al pasar la tormenta, la primera semilla que brota es el sol.
Navega, velero mío, sin temor, que ni enemigo navío ni tormenta, ni bonanza tu rumbo a torcer alcanza, ni a sujetar tu valor.
Pequeña patria mía, dulce tormenta, un litoral de amor elevan mis pupilas y la garganta se me llena de silvestre alegría cuando digo patria, obrero, golondrina.
Pequeña patria, dulce tormenta mía, canto ubicado en mi garganta desde los siglos del maíz rebelde: tengo mil años de llevar tu nombre como un pequeño corazón futuro cuyas alas comienzan a abrirse a la mañana.
Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes.
Qué hermoso después de la tormenta otoñal el pimiento rojo.
Recuerda, si hay tormenta habrá arco iris.
Una tormenta de arena pasa; las estrellas permanecen.
Una tormenta que dura toda una semana. Una oscuridad constante: sólo podemos leer entre relámpagos. Hemos de recordar e ir uniendo lo que leímos a relámpagos.