A laurel ni a renombre aspiraremos, recompensa sin precio ni mudanza serán para nosotros ignorar el temor, deparar al hombre, y a nuestro corazón, la libertad.
Cada hombre tiene su precio.
Cínico: un hombre que sabe el precio de todo y el valor de nada.
El amor es la religión a mejor precio.
El deseo es algo irracional por el cual uno siempre tiene que pagar un alto precio.
El precio de la grandeza es la responsabilidad.
El precio de la virtud es ella misma.
El precio que tenemos que pagar por el dinero se paga en libertad.
El precio se olvida, la calidad permanece.
El que sabe corresponder a un favor recibido es un amigo que no tiene precio.
El verdadero precio de todo, lo que todo realmente le cuesta al hombre que quiere adquirirlo, es el esfuerzo y la complicación de adquirirlo.
En poco precio se tiene lo adquirido de gracia.
Es que los hombres tienen que hacer ruido al precio que sea; poco importa el peligro de una opinión, si hace célebre a su autor; y preferimos pasar por bribones antes que por necios.
Esta paz tan estimable se compra al duro precio de la sangre y de la muerte.
Incluso la paz se puede comprar a un precio demasiado alto.
La carencia de una cosa le da precio.
La causa de la libertad se convierte en una burla si el precio a pagar es la destrucción de quienes deberían disfrutar la libertad.
La rareza fija el precio de las cosas.
La salud no tiene precio, y el que la arriesga es un necio.
La soledad es el precio de la libertad.
La vida nos enseña que no podemos ser felices sino al precio de cierta ignorancia.
Lo comprado al precio de muchos ruegos, es caro.
Ni la virtud ni los talentos tienen precio, ni pueden compensarse con dinero sin degradarlos.
No se puede poner precio al amor, pero sí a todos sus accesorios.
No se vende mediante el precio, se vende el precio.