Y aun la ceguera del ciego y su andar a tiento han de dar fe del poder del sol que miró...
Y yo ciego de mí te acepto a ciegas del esplendor terrible de tu llama tan frágil y menuda entre mis brazos.
Y yo, ciego y mortal, hacia tu carne, hacia las soledades de tu pecho pongo mi corazón y escucho.
Yo era simplemente ciego, surgiendo y escondiéndote tu me regalastes la vista, de esa manera se dejan huellas.
¿Qué ve el ciego, aunque se le ponga una lámpara en la mano?