No solemos considerar como personas de buen sentido sino a los que participan de nuestras opiniones.
Amamos siempre a los que nos admiran, pero no siempre a los que admiramos.
Como pretendes que otro guarde tu secreto si tú mismo, al confiárselo, no los has sabido guardar.
Confesamos nuestros pequeños defectos para persuadirnos de que no tenemos otros mayores.
Conocer las cosas que lo hacen a uno desgraciado, ya es una especie de felicidad.
Cuando no se encuentra descanso en uno mismo, es inútil buscarlo en otra parte.
Cuando nuestro odio es demasiado profundo, nos coloca por debajo de aquellos a quienes odiamos.
El amor propio es más ingenioso que el hombre más ingenioso de este mundo.
El capricho de nuestro humor es aún más arbitrario que el de la suerte.
El daño que hacemos no nos trae tantas persecuciones y odios como nuestras buenas cualidades.