No se puede enseñar nada a un hombre; sólo se le puede ayudar a descubrirlo en su interior.
Nunca trates de enseñar a un cerdo a cantar, perderás tu tiempo y fastidiarás al cerdo.
Para enseñar a los demás, primero has de hacer tú algo muy duro: has de enderezarte a ti mismo.
Para poder enseñar a todos los hombres a decir la verdad es preciso que aprendan a oirla.
Por cada persona que quiere enseñar, hay, aproximadamente, treinta personas que no quieren aprender.
Querer las mismas cosas y no querer las mismas cosas, esa, en el fondo, es la verdadera amistad.
Saber es relativamente fácil. Querer y obrar de acuerdo a lo que uno quisiera, es siempre más duro.
Se deja de querer, y es como el ciego que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren
Se deja de querer, y es como el ciego que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren.
Si somos arrastrados a Cristo, creemos sin querer; se usa entonces la violencia, no la libertad.