Cada hombre tiene que inventar su camino.
Cada hombre tiene su precio.
Cada hombre, en el fondo de su corazón, tiene derecho a creerse enteramente igual a los demás hombres; de ello no se desprende que el cocinero de un cardenal deba ordenar a su amo que le haga la cena; pero el cocinero puede decir: "Soy hombre como mi amo; he nacido llorando como él; él morirá como yo entre las mismas angustias y las mismas ceremonias. Los dos tenemos las mismas funciones animales. Si los turcos se apoderan de Roma, y entonces yo me convierto en cardenal y mi amo en cocinero, lo tomaré a mi servicio".
Cada medalla tiene dos caras.
Cada momento es de oro para los que lo saben ver como tal.
Cada palabra es como una innecesaria mancha en el silencio y en la nada.
Cada pueblo tiene el gobierno que se merece.
Cada pueblo tiene la ingenua convicción de ser la mejor ocurrencia de dios.
Cada ser humano tiene, dentro de sí, algo mucho más importante que él mísmo: su don.
Cada uno de nosotros tiene un día, más o menos triste, más o menos lejano, en que, por fin, debe aceptar que es un hombre.
Cada uno en este mundo tiene su ventanita, los unos grandes, los otros chica.
Cada uno es como Dios le hizo, y aún peor muchas veces.
Cada uno es responsable de lo que le sucede y tiene el poder de decidir lo que quiere ser. Lo que eres hoy es el resultado de tus decisiones y elecciones en el pasado. Lo que seas mañana será consecuencia de tus actos de hoy.
Cada uno es tan infeliz como cree.
Cada uno habla de la feria según como le va en ella.
Cada uno muestra lo que es en los amigos que tiene.
Cada uno tiene el máximo de memoria para lo que le interesa y el mínimo para lo que no le interesa.
Cada uno tiene la edad de su corazón.
Cada uno tiene su manera de aprender.
Cada vez que me despierto mi boca vuelve a tu nombre como el marino a su puerto.
Cada vez que me preparo para un viaje me preparo como para la muerte. Si no volviera nunca, todo está en orden.
Callando es como se aprende a oír; oyendo es como se aprende a hablar; y luego, hablando se aprende a callar.
Cambiar de idioma, para un escritor, es como escribir una carta de amor con un diccionario.
Cambiaré de opinión tantas veces y tan a menudo como adquiera conocimientos nuevos, el día que me aperciba que mi cerebro ha dejado de ser apto para esos cambios, dejaré de trabajar. Compadezco de todo corazón a todos los que después de haber adquirido y expresado una opinión, no pueden abandonarla nunca más.
Canta en la noche, canta en la mañana, ruiseñor, en el bosque tus amores; canta, que llorará cuando tú llores el alba perlas en la flor temprana.