Encuentro tanta diferencia entre yo y yo mismo como entre yo y los demás.
Entras. Te sientas. Cruzas las piernas. Y los ojos se me caen como moneditas falsas, tintineando.
Era tan hermosa que en el fondo de mi delirante amor me esperaba todavía íntegra toda la locura.
Eran verdes como un mar, con reflejos de alto cielo. ¡Qué bien sabían mirar! unos ojos que recuerdo.