Los astros rigen el destino de los hombres, pero Dios rige el destino de los astros.
Cuando Dios te da un don, también te da un látigo, y el látigo es únicamente para autoflagelarse.
Olvida uno su falta después de haberla confesado a otro, pero normalmente el otro no la olvida.
"No hay límites", sólo oportunidades de triunfar y de alcanzar lo que Dios nos coloque por delante.