A la brisa, a la abeja, a la hermosa el rosal puede dedicar la rosa.
A la hora de la verdad, que es la de buscarse a sí mismo en lo objetivo, uno olvida todo y se dispone a no ser fiel más que a su propia sinceridad.
Amar amar y siempre amar haber amado haber de amar.
Amar es no pedir, es dar.
Amo tus mil imágenes en vuelo como un bando de pájaros salvajes.
Así te quiero, en límites pequeños, aquí y allá, fragmentos, lirio, rosa, y tu unidad después, luz de mis sueños.
Cómo llevar a las palabras la sensación, el roce de tu mano por vez primera entre la mía.
Como un guante famélico el día se me escapa de los dedos.
Decido hacer mi testamento. Es este: les dejo el tiempo, todo el tiempo.
Dentro, en tus ojos, donde calla y duerme un palpitar de acuario submarino, quisiera, licor tenue al difumino, hundirme, decantarme, adormecerme.
Descansa, duérmete, sueña, no tengas miedo del mundo, que yo te velo.
Desesperadamente amar, amarte y volver a nacer para quererte.
Después de ver el cuadro la luna es más precisa y la vida más bella.
Dibujada llevo en mi sangre y mi cuerpo cuerpo y sangre de mi patria.
El no esperar remedio, ni desesperar de él, suele ser el remedio de los casos desesperados.
El valor nunca es mayor que cuando nace de la última necesidad.
Era tu figura la flor de un nimbo de ensueño.
Este silencio, blanco, ilimitado, este silencio del mar tranquilo, inmóvil.
La eternidad ignora las costumbres, le da lo mismo rojo que azul tierno, se inclina al gris, al humo, a la ceniza.
La guitarra es un pozo con viento en vez de agua.
La lengua disimula y encubre los designios.
La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer.
Levanta hacia mí tus ojos, tus ojos lentos, y ciérralos poco a poco conmigo dentro.
Los años no vienen solos, pero si pueden venir vacíos.
Mi oración es así. Tú estás en todo y todo en mí.