Cada pueblo tiene el gobierno que se merece.
Cada altar tiene su cruz.
Cada arroyo tiene su fuente.
Cada ceremonia o rito tiene valor si se realiza sin alteración. Una ceremonia es un libro en el que una gran parte está escrito. Cualquiera entiende que puede leerlo. Un rito a menudo contiene más de un centenar de libros.
Cada clase social tiene su patología.
Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla.
Cada cual tiene la edad de sus emociones.
Cada dogma tiene su día, pero los ideales son eternos.
Cada hombre tiene que inventar su camino.
Cada hombre tiene su precio.
Cada hombre, en el fondo de su corazón, tiene derecho a creerse enteramente igual a los demás hombres; de ello no se desprende que el cocinero de un cardenal deba ordenar a su amo que le haga la cena; pero el cocinero puede decir: "Soy hombre como mi amo; he nacido llorando como él; él morirá como yo entre las mismas angustias y las mismas ceremonias. Los dos tenemos las mismas funciones animales. Si los turcos se apoderan de Roma, y entonces yo me convierto en cardenal y mi amo en cocinero, lo tomaré a mi servicio".
Cada medalla tiene dos caras.
Cada pueblo tiene la ingenua convicción de ser la mejor ocurrencia de dios.
Cada ser humano tiene, dentro de sí, algo mucho más importante que él mísmo: su don.
Cada uno de nosotros tiene a todos como mortales menos a sí mismo.
Cada uno de nosotros tiene un día, más o menos triste, más o menos lejano, en que, por fin, debe aceptar que es un hombre.
Cada uno en este mundo tiene su ventanita, los unos grandes, los otros chica.
Cada uno es responsable de lo que le sucede y tiene el poder de decidir lo que quiere ser. Lo que eres hoy es el resultado de tus decisiones y elecciones en el pasado. Lo que seas mañana será consecuencia de tus actos de hoy.
Cada uno muestra lo que es en los amigos que tiene.
Cada uno tiene el máximo de memoria para lo que le interesa y el mínimo para lo que no le interesa.
Cada uno tiene la edad de su corazón.
Cada uno tiene su manera de aprender.
Cuando transcurre el tiempo cada cosa tiene su momento. Nuevas cosas acontecen mientras las cosas anteriores envejecen.
Debe entenderse que todos somos educadores. Cada acto de nuestra vida cotidiana tiene implicancias, a veces significativas. Procuremos entonces enseñar con el ejemplo.
Di a cada uno: tienes razón. Porque tiene razón. Pero condúcelos más alto en su montaña; pues el esfuerzo de escalar, que rehusarían por ellos mismos, exige tanto de los músculos como del corazón. . . ¿cómo conocerán los hombres sus actos si no han escalado trabajosamente la montaña, en soledad, para trasmutarse en silencio?.