Cada trecho recorrido enriquece al peregrino y lo acerca un poco más a hacer realidad sus sueños.
Debemos vivir y trabajar, en cada momento, como si tuviésemos la eternidad ante nosotros.
El hábito es como un cable; nos vamos enredando en él cada día hasta que no nos podemos desatar.
Hay que acostumbrarse a vivir con los enemigos, ya que no a todos podemos hacerles nuestros amigos.
Podemos comprendernos unos a otros, pero sólo a sí mismo puede interpretarse cada uno.
Que cada hombre construya su propia catedral. ¿Para qué vivir de obras de arte ajenas y antiguas?