Lo que dicen las palabras no dura. Duran las palabras. Porque las palabras son siempre las mismas y lo que dicen no es nunca lo mismo.
Lo que hay fuera de mí es una imitación mal hecha de lo que hay dentro de mí.
Lo que no se convierte en recuerdo, no fué.
Me dice que soy un ciego, lo que veo.
Me sepulto en cualquier parte y moriré... quién sabe dónde.
Mi corazón me duele a mí. Y no debiera dolerme a mí, porque no vive de mí, ni vive para mí.
Mi padre, al irse, regaló medio siglo a mi niñez.
Mi primer mundo lo hallé todo en mi escaso pan.
Miles de soles lejanos no disipan la noche.
Mis ojos, por haber sido puentes, son abismos.
Mueren cien años en un instante, lo mismo que un instante en un instante.
Nadie entiende que lo has dado todo. Debes dar más.
Nadie es luz de sí mismo: ni el sol.
Nadie te ha dado nada por nada si nadie te ha dado el corazón, porque sólo el corazón se da por nada.
No hallé como quien ser, en ninguno. Y me quedé, así: como ninguno.
No me hables. Quiero estar contigo.
No podrá esperarte más. Porque has llegado.
No tienes nada y me darías un mundo. Te debo un mundo.
No ves el río de llanto porque le falta una lágrima tuya.
Para que tu tristeza muda no oyese mis palabras, te hablé bajito.
Pierdo el deseo de lo que busco, buscando lo que deseo.
Por lo que doy la vida, a veces no daría nada, pero siempre doy la vida.
Porque crees que me has comprendido has dejado de comprenderme.
Pueden en mí, más que todos los infinitos, mis tres o cuatro costumbres inocentes.
Quien abre todas las puertas puede cerrarlas todas.